Emily Rollings-Stewart
El cristal de la copa de cristal tallado se sentía frío contra mis dedos, pero no tanto como el vacío que siempre me devoraba por dentro. Desde el ventanal de mi ático en Chicago, la ciudad parecía un tablero de ajedrez donde yo siempre había tenido que ser la reina para no terminar siendo un peón sacrificable. Giré el anillo de diamantes en mi mano izquierda, el trofeo que me había costado años de humillaciones: el apellido Stewart.
Mi mente, traicionera como siempre, me