Exhaló con exasperación, aguijoneada por la tensión en su espalda que el masaje apenas aliviaba.
—¡No pienso compartir cama contigo otra vez!—exclamó rotundamente.
—Pero...
—No hay excusas—cortó Astrid, sin deseos de oír a su esposo. Lo que necesitaba en ese momento era menos palabras y más alivio en su espalda. Después de la agotadora maratón que habían tenido, sentía que se lo merecía.
Knut esbozó una sonrisa y comenzó a presionar suavemente la espalda de Astrid, consciente de que quizás se h