Los rayos del sol se filtraban por la ventana de la alcoba de la suite. Abel parpadeó sintió su garganta seca, cuando intentó moverse se vio prisionero de unos cálidos brazos y piernas. Abrió sus ojos de golpe, y el corazón le retumbó con violencia.
—¡Malú! —susurró y suspiró profundo. —¡Te quedaste conmigo! —murmuró, y con delicadeza le retiró un mechón de cabello de su rostro, y la contempló dormida, como tantas noches cuando amanecían juntos—, eres muy bella, te amo tanto. —Besó su frente y