Daisy soltó una carcajada mordaz:
—¿Eso es todo lo que sabes hacer, Jacob? Si eres tan valiente, ¿por qué no vienes tú solo a golpearme?
—… ¡Ponerme a tu nivel me ensuciaría las manos! —bufó él, con desprecio.
—¡Pues a mí no me importa! —replicó Daisy, dando un paso decidido hacia él. Sin pensarlo dos veces, levantó la mano y le estampó una bofetada.
—T-tu… ¿Quién te dio permiso para…?
¡Paf!
—¡Maldit…!
¡Paf!
—¡Joder…!
¡Paf!
Cada insulto que salía de la boca de Jacob terminaba en otra bofetada. E