La ciudad-estado de Pulau Seroja (Isla del Loto) emergía del mar como una maqueta futurista hecha realidad. Desde la ventanilla del avión comercial en el que viajaban con identidades prestadas, Clara veía la geometría perfecta: barrios en espiral concéntrica, torres que parecían talladas en un único bloque de cerámica blanca, y una profusión de jardines verticales que convertían los rascacielos en acantilados verdes. No había cables a la vista, ni publicidad estridente. Todo era orden, calma y