La suite en Ginebra se había convertido en una celda de reflexión forzada. El triunfo público sobre Alistair Vance tenía el regusto amargo de una verdad a medias. Samuel no podía dejar de analizar los datos, desmenuzando cada byte de la intrusión en el sistema audiovisual del foro.
—La elegancia es la misma—murmuró, pasando imágenes de código comparativo a la pantalla principal—. La firma digital, aunque enmascarada, tiene un ritmo idéntico al ataque al Claroscuro. Vance es un teórico, un arqui