—Está bien —aceptó ella, secándose las lágrimas—. Iré a verlos cada mes, si es que el tiempo me lo permite.
Oliver aprobó con un leve movimiento de cabeza. Cintia se alejó mirando atrás a cada paso, como si no quisiera dejarlos. Al quedar solo, Oliver permaneció en silencio un instante, con la mirada perdida, y soltó un profundo suspiro.
En su juventud, él y su esposa habían soñado con retirarse algún día en un pequeño pueblo del sur de Francia, seducidos por su clima. Incluso compraron un terre