Álvaro parecía haber venido corriendo.
Se paró frente a Gabriela, respirando con dificultad.
Ella lo miró desde abajo, sin ninguna emoción en sus ojos, ni siquiera desprecio.
Él no dijo nada, solo la observó, escaneando su rostro con detenimiento.
Al final, sus ojos se detuvieron en una pequeña mancha de sangre en su mejilla.
Aunque Gabriela se había criado cerca del mar, su piel seguía siendo tan blanca como la nieve, y aquella mancha resaltaba aún más en su rostro.
Álvaro levantó una mano y, c