Después de hablar con Cintia, Gabriela no había vuelto a revisar el teléfono.
Creyó guardarlo en el bolso antes de bajar del coche y ni siquiera se percató de que lo había dejado atrás. Apresuradamente se acercó a recogerlo.
Cristóbal, al entregárselo, le habló en voz baja con suma delicadeza:
—Pregúntales a tus amigos qué quieren comer al mediodía; puedo encargarme de reservar un restaurante.
—No hace falta. Marcela ya lo tiene resuelto. Puedes ir tranquilo —respondió Gabriela en voz baja.
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