Mientras tanto, Fernanda, vestida con su ropa de práctica, dejaba ver aún más su impecable figura.
Con los brazos cruzados y una actitud de evidente superioridad, echó un vistazo a Gabriela de arriba abajo, pensando para sí: «Tan débil… nada extraordinario».
—¿Llegué en mal momento? —preguntó Gabriela, con una pequeña sonrisa de duda.
—¡Claro que no! ¡Te estábamos esperando! Espera… Gabriela, tú… ¿tú estás hablando? —exclamó alguien, visiblemente sorprendido.
El resto también se quedó atónito; i