En ese entonces, Gabriela apenas se recuperaba de su encuentro con la muerte. Ni siquiera podía moverse del todo bien y debía usar una silla de ruedas. Por culpa de aquel secuestro casi había perdido la vida. El enojo de Álvaro, luego de lo ocurrido con Mattheo, seguía ardiendo, y arremetía con dureza contra quienes lo habían traicionado; no pensaba dejar títere con cabeza, incluyendo a esta tía, ni a ninguno de la familia Saavedra.
—Y también ustedes —prosiguió Álvaro, dirigiendo una mirada de