Gabriela sonrió, acariciándole la mejilla con suavidad y respondiendo con seriedad:
—No es cuestión de por qué; solo quiero que tengas tu propia fuerza para defenderte.
No se trataba de vivir a la sombra de nadie: Cintia debía valer por sí misma, capaz de infundir un respeto genuino. Era muy lista y, con su corta edad, ya contaba con un hermano poderoso y los abuelos Rojo como mentores. Gabriela no dudaba del porvenir de Cintia, solo quería que sentara unas bases firmes para ahorrarse disgustos