Ese sentimiento de impotencia era nuevo para él: fuera de casa se sentía invencible, capaz de doblegar cualquier desafío, pero con su matrimonio, se hallaba sin ningún plan B.
—Está bien… —murmuró Álvaro, bajando un poco la cabeza. Tomó la mano de Gabriela, cediendo terreno con un tono sereno—. Solo quería que te sintieras mejor. Si no quieres que vaya, no iré. Pero, ¿tú… planeas ir a verlos? Puedo llevarte en auto y esperar fuera del cementerio.
Gabriela lo contempló en silencio. Sintió que su