Al dejar atrás la habitación, se dirigió a su vestidor. Frente al espejo, palpó con los dedos los rastros de pasión que decoraban su cuello, suspiró y eligió un suéter de cuello alto.
Álvaro apareció al poco rato, recargándose en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. No abrió la boca; únicamente la contemplaba con una sonrisa satisfecha en los labios y en la mirada.
Gabriela, indiferente, continuó vistiéndose sin prestarle atención. Él, que otrora era un hombre ambicioso y orgulloso, n