483. NO LA OBLIGARÉ A NADA
ALESSANDRO:
Subo despacio las escaleras. Cuando salgo, Humberto viene corriendo; le hago una señal para que se calle y se haga cargo de todo. Rufo camina en silencio detrás de mí por medio del campo de golf, hasta que me siento en la hierba. También se sienta a mi lado, sin hablar, dejando que me relaje como tantas veces. Me toma la mano ensangrentada, saca su pañuelo y me la envuelve en silencio.
—Sabes, Rufo, no quiero volver a pasar por el dolor que experimenté cuando perdí a mi hijo y a