RUBI MONTENEGRO
Recibir el alta del hospital fue la mejor sensación del mundo. Después de pasar los últimos días atada a esa cama, escuchando los pitidos de las máquinas, respirar el aire de Nueva York me pareció un verdadero milagro.
Ares me acompañó hasta el auto con tanto cuidado que parecía estar guiando a una muñeca de porcelana a punto de romperse.
En cuanto me acomodé en el asiento de cuero del copiloto, él cerró la puerta y dio la vuelta, sentándose a mi lado.
— En cuanto lleguemos, ten