Capítulo 6— Sombras legales
El despacho de Ricardo Segovia olía a cuero caro y whisky añejo. Las cortinas cerradas dejaban apenas pasar un resplandor anaranjado de la tarde, como si todo allí se tejiera en penumbra. Fabián, impecable en su traje azul, sonreía con la satisfacción de un cazador que ya tenía la presa acorralada.
—¿Lo ves, primo? —dijo, alzando una carpeta con el sello del juzgado—. Con el software que metimos en el hotel, las cuentas quedaron como un tablero de espejos. Compras