Capítulo — Hierro contra sangre
El auto de Victoria se detuvo bruscamente frente al Hotel Montaldo. No bajó con prisa; lo hizo con una calma gélida, la calma que antecede a la tormenta.
Atravesó el lobby con pasos rígidos, la frente erguida, los ojos afilados. Los empleados la saludaban; ella no respondió a ningún saludo. Una frase le ardía en la garganta:
—Todos los hombres son iguales.
Cerró la puerta de su despacho con un golpe seco y se dejó caer en el sillón. El temblor interior lo cont