3

**Ángela:**

—Hola, hermano mayor.

Abre la boca para hablar, pero…

—¡Achús! —estornudo directamente sobre su pecho.

La sangre se me va del rostro, los ojos se me agrandan detrás de las gafas y retrocedo tambaleándome, hasta que pierdo el equilibrio.

«Está claro. ¡Estoy maldita! Ahora sé que los dioses me han echado una maldición», maldigo para mis adentros mientras me entrego a la gravedad, esperando el impacto.

Qué vergüenza. Apenas unos segundos delante de mi hermano y ya estoy haciendo el ridículo.

Diosa lunar, ten piedad de mí. Prometo que no volveré a desear…

—Puedes abrir los ojos ya —la voz de Cassian me saca de mis pensamientos humillantes. Abro los ojos y entonces me doy cuenta de la posición en la que estamos.

Me ha atrapado.

Sus fuertes brazos rodean mi cintura y mi espalda, su pecho contra el mío, haciendo que mis pezones rocen sus músculos tensos con solo la tela de nuestra ropa entre ambos. ¿Y eso que siento clavándose en mi abdomen?

¿Está… excitado?

Mis ojos se abren como platos, los labios se me entreabren mientras miro sus fríos ojos azules y me ajusto las gafas.

—Hermano… yo… ¡Achús! —estornudo en su cara—. Oh, diosa… —intento apartarlo, pero él no me suelta; al contrario, me ayuda a ponerme en pie.

Rápidamente saco un pañuelo de mi bolso, me pongo de puntillas y le limpio el rostro con los dedos temblando sin control.

—Lo siento. Lo siento muchísimo —sigo disculpándome. Las ganas de llorar y estornudar de nuevo me abruman, pero esta vez me contengo y duele tanto que una lágrima se me escapa.

Me odio.

—Está bien —murmura mi hermano, sujetando mi mano temblorosa—. Ven —dice, guiándome. Abre la puerta trasera de su Jeep Wrangler gris oscuro.

Me siento y él me ayuda a abrochar el cinturón.

Yo, por mi parte, me quedo rígida como una piedra, intentando no fijarme en su aliento caliente y agitado sobre mi rostro, en sus dedos hábiles rozando mi cuerpo ni en cómo su figura se cernía sobre la mía.

—Listo —anuncia, mirándome a la cara. Fuerzo una sonrisa tensa.

—Gracias… —de inmediato me cubro la nariz con el pañuelo y estornudo; las gafas casi se me caen.

Qué situación tan incómoda.

Me ajusto las gafas después de limpiarme la nariz y murmuro:

—Lo siento. Te pagaré la desinfección del coche.

—No es necesario —responde, pillándome desprevenida al poner su mano en mi frente—. Tienes fiebre y un resfriado. Pararé en la farmacia y…

—No. No —agito las manos rápidamente, interrumpiéndolo—. Creo que es una reacción alérgica. Debe de haber un gato cerca.

Levanta una ceja y yo asiento, dándole la razón.

—Tienes razón, necesito medicina. Gracias, hermano mayor —digo, sonriéndole con todo el cariño que puedo. Pero él frunce el ceño de repente, emite un aura gélida y cierra la puerta del coche con tanta fuerza que doy un respingo.

«¿Qué he hecho?»

Lo observo mientras recoge mi maleta, va al maletero, la mete y lo cierra.

Sube al coche y arranca.

Fue un trayecto en silencio. No pude entretenerme con ninguno de esos vídeos cortos porque me duele la cabeza cada vez que voy en coche, y mirar el móvil solo empeoraría las cosas.

Así que mi atención se desvía hacia el hombre que conduce.

No quería mirarlo demasiado, pero no podía evitarlo: estaba arrebatadoramente guapo conduciendo con seriedad, con la mandíbula apretada.

No quiero ni imaginar qué está pensando con esa expresión tan grave.

De pronto se gira y nuestras miradas se encuentran un segundo antes de que yo aparte la vista.

—¿Te molesta quedarte en mi casa? —empieza una conversación.

Qué raro. ¿Qué pretende?

—No —respondo de golpe. Él suelta una risa que, por su perfil, no parece nada agradable.

—Dime qué quieres y quizá acceda —dice, mirándome por el retrovisor. Levanto la vista y él sigue observándome.

Sostengo su mirada unos segundos antes de ceder; está claro que no me quiere en su casa.

Miro hacia otro lado, enfadada, y contesto:

—Quiero quedarme en casa con Brandon. Hace mucho que no pasamos tiempo de calidad juntos y está empezando a dudar de mi amor. Pensé que una semana juntos le demostraría cuánto lo quiero —explico con una sonrisa suave, enfatizando «cuánto lo quiero» para que mi hermano no sospeche que aún pienso en nuestro pequeño encuentro.

Lo miro, pero él no dice nada y sigue conduciendo, así que yo tampoco hablo.

…~…

El coche se detiene frente a la farmacia y él baja sin preguntarme si necesito algo. Así han cambiado las cosas entre nosotros.

Antes me habría preguntado, y aunque le dijera que no necesitaba nada, igual me habría comprado algo.

—Ojalá hubiera hablado en aquel momento —susurro, cerrando los ojos y recostándome en el asiento.

~~~

Lo primero que siento es algo húmedo y caliente lamiendo mis labios, un aliento ardiente sobre mi rostro y unas manos en mi nuca y cintura.

Jadeo y abro los ojos parpadeando.

—H-hermano… —balbuceo al ver su rostro a solo unos centímetros del mío, con todos sus rasgos ampliados.

Sus labios húmedos, como si acabara de pasarse la lengua por ellos, me atraen, me tientan a tomar su cara entre mis manos y besarlo para saciar esta sed que tengo de él, y al diablo con todos mis temores de cometer algo abominable.

Me humedezco los labios instintivamente mientras sostengo su mirada hipnótica, aturdida.

—Estás despierta —pregunta con ese tono distante, y yo salgo de mi ensoñación.

—S-sí —murmuro azorada, incorporándome tan bruscamente que le doy un golpe en la cara. Alargo la mano hacia él para disculparme—. Dios mío. Hermano mayor, lo siento muchísimo…

Pero él detiene mi avance con el rostro crispado por la ira y murmura fríamente:

—Hemos llegado.

Luego se gira y se marcha.

Vale, parece que tenía razón sobre lo del embarazo; solo que el embarazado es mi hermano y no Melinda.

Maldita sea, no logro seguirle el ritmo a sus cambios de humor. Bajo del coche mientras él cierra el maletero.

Cierro la puerta, me acerco y estiro la mano para tomar la maleta, pero él me agarra, me atrae hacia su lado, rodea mi cintura con su brazo de forma tan íntima y me arrastra con él, mirando al frente sin dedicarme ni una mirada, como si su mano no estuviera justo encima de mi trasero.

Al principio me tenso, con las manos cruzadas sobre el pecho, pero luego empiezo a caminar, mirándolo de reojo mientras él avanza con expresión concentrada.

Cruzamos el jardín y nos detenemos en la entrada.

Cassian saca las llaves y va a abrir la puerta cuando esta se abre desde dentro, revelando a una radiante Melinda.

—Cariño. Ya has vuelto.

Qué maravilla. La bruja está aquí.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP