Mundo ficciónIniciar sesión**Ángela:**
—De acuerdo, jovencita, ¿qué es lo que no me estás contando? —pregunta mamá, con el ceño fruncido, escrutando mi expresión con desconfianza.
Me doy cuenta de lo paranoica que debo de parecer, pero ¿quién no se alteraría ante semejante noticia?
—Lo siento, mamá, pero acabas de confesar que papá y tú tampoco soportáis a Melinda. Ya he dejado claro que no tolero a esa mujer ni un minuto, mucho menos una semana entera —mentí con descaro.
Era lo único que se me ocurrió, y no era del todo mentira; formaba parte de la verdad.
Odio a Melinda.
La mera idea de vivir bajo el mismo techo que mi hermano ya era una carga pesada, y con Melinda de regalo… me volvería loca.
—No, mamá. No quiero ir, y te dije que me sentiría sola, no asustada. Está bien si Brandon no viene. Me quedaré sola.
Y, por la diosa, ¿por qué mi voz suena como si me disgustara la idea de quedarme sola, cuando es justo lo contrario?
Todo es un desastre.
—Si es por Melinda, quédate tranquila: tu hermano mencionó que ella volvió a casa esta tarde y se quedará más de una semana —anuncia mamá en tono tranquilizador, tomando mi mano y apretándola con suavidad.
La miro sin palabras.
Si no la conociera mejor, pensaría que todo esto es un plan minuciosamente urdido.
¿Por qué demonios todo encajaba a la perfección? Todo conducía a que me quedara en casa de mi hermano.
Ahora me quedo sin argumentos para evitar pasar los días más difíciles de mi vida bajo su techo.
¡Ugh! Cómo odio esto.
¿Cómo han llegado las cosas a este punto?
Un día me descubrí incapaz de soportar al hermano mayor al que tanto quería, al que siempre me había tratado mejor que nadie.
Antes dependía tanto de él que hasta Brandon sentía envidia, pues era hijo único.
Ahora puedo decir con total seguridad que odio a mi hermano. Odio que sea mi hermano y odio que cambiara después de lo que pasó entre nosotros.
Había esperado que él iniciara la conversación, porque la diosa sabe que yo no iba a hacerlo. Es el hombre, el más maduro… ¿y quién le mandó ser tan guapo?
Pecaminoso, coqueteando con su novia de figura perfecta delante de mis narices.
Yo estaba sexualmente frustrada, me picó la curiosidad… y la curiosidad mató al gato. Ese gato fue nuestro vínculo de hermano y hermana, que quedó destrozado después de aquello.
Oh, diosa.
Esto es malo. Muy, muy malo.
Ya siento que se me viene encima otro dolor de cabeza.
—Mamá, por favor, llevadme con vosotros. No puedo creer que os vayáis una semana entera sin mí. ¿Ya no soy tu bebé? —pruebo otra táctica. Mamá se ríe, ruborizándose intensamente.
Entiendo al instante lo que está pensando. Son adultos y necesitan su intimidad.
—Ángel, tu padre y yo necesitamos tiempo juntos. Y tú ya no eres una niña. Cumples veintiuno en una semana —me regaña con firmeza, aunque su rostro se suaviza al segundo y pregunta—: Por favor, dímelo a mamá. ¿Tu hermano mayor te ha hecho algo? ¿Te ha amenazado? ¿Es por eso que tienes miedo de…?
—¡No! Iré a hacer la maleta —la interrumpo, rindiéndome.
No estaba preparada para otra charla sobre acoso, porque ya empezaba a recordar cómo mi hermano me había «acosado» de verdad con el dedo en cierto lugar estrecho.
Me estremezco, y un escalofrío me recorre la piel al evocarlo.
—Esa es mi niña —dice mamá, abrazándome fuerte. Le devuelvo el abrazo; su calor me reconforta—. Ahora tendrás la oportunidad de contarle qué te preocupa.
Mamá murmura, y casi me atraganto con mi propia saliva.
—¿Contarle qué…? —exijo, separándome del abrazo con el corazón desbocado.
Una mezcla de emociones me revuelve por dentro: pánico, duda, miedo y negación.
—¿Sobre Melinda? —pregunta mamá frunciendo el ceño—. ¿Qué te pasa, cariño? Se te olvida todo.
—Es el estrés del trabajo, mamá.
—¿Alguien te está molestando en la oficina? ¿Se lo has dicho a tu hermano? —inquiere, preocupada.
«Mamá, ¿eres amiga o enemiga?», grito por dentro.
—Mamá, nadie se atrevería a acosar a la hermana del CEO —respondo, con la voz cargada de sarcasmo, recordando la carga de trabajo que arrastro cada día desde hace meses.
A veces hasta me salto la hora de la comida, el único momento que tengo para estar con Brandon.
Mi vida es un caos; parece que Selene me está castigando de verdad por mis pecados.
—Me alegra oír eso —dice mamá sonriendo, y yo le devuelvo una sonrisa falsa.
—Te llamaré cuando terminemos. Cenarás en casa de tu hermano…
—En casa de mi hermano —completo sus palabras—. Lo sé, mamá. Por favor, no perdáis el vuelo por mi culpa. No es la primera vez que me quedo en casa de mi hermano mayor —respondo. Ella asiente, me acaricia la mejilla con cariño y se marcha.
Cuando se va, entro en la habitación, cierro la puerta y me apoyo contra ella. Las emociones me desbordan.
Me dejo deslizar hasta quedar sentada sobre mis piernas, con la cabeza gacha.
—¿Cómo he llegado a esto? —susurro con desaliento, soltando un suspiro cansado.
~~~
Después de preparar ropa para toda la semana, incluyendo la de trabajo de lunes a viernes, me meto en la bañera.
…~...
Treinta minutos después, recorro el pasillo arrastrando mi maleta color vino y veo a papá y a mi hermano inmersos en una profunda conversación en el gran vestíbulo. Están tan concentrados que ni siquiera se giran para saludarme.
Bajo las escaleras justo cuando mamá sale de su habitación. Miro las cuatro maletas y me pregunto si planean quedarse un año.
¿Cómo ha conseguido meter todo eso en tan poco tiempo? Probablemente lo ha embutido todo.
Pero así es mi madre: elegante y sofisticada.
Cuando visitamos las ciudades humanas, la gente suele confundirnos como hermanas, y yo, por supuesto, parezco la mayor.
Con mis gafas y mi aspecto de empollona, los hombres siempre se fijan en mi madre, que acapara todas las miradas.
Hace más de tres siglos, una plaga que azotó a los hombres lobo hizo que dejáramos de envejecer a los treinta, así que mis padres siguen luciendo como los recuerdo cuando yo tenía cinco años, incluso mejor gracias a su rutina de ejercicio diaria. Yo no me uno a ellos; prefiero usar ese tiempo para leer, aprender y hacer cualquier cosa que no implique sudar.
Sin embargo, mamá siempre me halaga por tener un cuerpo que parece entrenado naturalmente, a pesar de toda la comida basura que como.
«Es una pena que escondas esa figura perfecta bajo ropa tan holgada», me dice siempre.
—Cariño, ¿por qué no te has secado el pelo? Podrías pillar un… —mamá no termina la frase cuando…
—¡Achús! —estornudo, y abro los ojos con incredulidad.
Al girarme, veo que tanto papá como mi hermano me miran. Parecen más amigos que padre e hijo.
«¿Qué demonios?», maldigo para mis adentros.
Qué extraño. No es la primera vez que no me seco el pelo después del baño. Nunca me resfrío, ¿por qué ahora?
¿Será algo que estoy inhalando?
—¡Achús! —estornudo de nuevo.
—Jesús —dice mamá, atrayéndome a un abrazo fuerte—. Ay, mi niña pequeña… —entierra la cara en mi cuello e inhala mi olor. Dice que la calma.
—Kyle, ¿por qué no la llevamos con nosotros? Mira qué carita de pena tiene ya —añade. Antes de que pueda alegrarme porque mi deseo se cumplía, papá interviene rápido:
—No tiene gracia, Pam. Después de un mes de locos sin un respiro, necesitamos este descanso sin distracciones —afirma papá, mirando a mamá con intensidad.
Me giro hacia ella, que tiene las mejillas rojas y sonríe con timidez, apartándose el pelo detrás de la oreja.
Estos dos parecen dispuestos a destrozar la habitación del hotel con lo que sea que vayan a hacer.
Papá me rodea con un brazo, me atrae hacia sí y me da un suave beso en la frente.
En ese momento capto la mirada de mi hermano. La sed de sangre que vi en sus ojos al mirar a papá me hizo temblar.
Parpadeo para asegurarme de que lo había visto bien, pero ya no había nada; solo su habitual expresión estoica y distante de los últimos meses.
Quizá lo imaginé.
—Nuestros hijos ya son lo bastante mayores para cuidarse solos. ¿Verdad, Ángel? —me pregunta papá. Levanto la vista hacia él y asiento a regañadientes, con una sonrisa forzada, tras lanzar una mirada a mi hermano.
Se abre la puerta y entra el chófer para recoger el equipaje.
Papá toma una maleta, mi hermano otra, y salen, dejándonos solo a mamá y a mí.
Ella me abraza con fuerza e inhala profundamente.
—Te quiero muchísimo, ángel. Y, por favor, no se lo pongas difícil a tu hermano —asiento, porque ella cree que soy yo quien lo complica todo.
—Yo también te quiero, mamá. Pasadlo genial papá y tú —le digo. Me besa en la frente.
—Lo haremos. Te mandaré fotos y haremos videollamada todas las noches, ¿vale? —Me acuna la mejilla con una sonrisa.
Asiento, incapaz de fingir una sonrisa esta vez.
De verdad se marchaban y me dejaban atrás.
Salimos con mi maleta a rastras.
—Ángel, si Cassian te da algún problema, avísame y yo me encargo —bromea papá, besándome de nuevo en la frente.
Sonrío con torpeza y miro de reojo a mi hermano, que sonríe con las manos en los bolsillos.
—Vosotros pasadlo mejor que nunca. Y tranquilos, yo cuidaré muy bien de mi hermanita —dice Cassian con voz grave, sus intensos ojos fijos en mí. La forma en que alarga «cuidaré muy bien» me pone la piel de gallina.
—Es una promesa —responde papá, dándole una palmada en el hombro. Mi hermano asiente, mirándome con ojos… ¿predadores?
Debo de estar equivocada. Aparté la vista y la dirigí hacia mamá.
Los observo en silencio mientras papá y mamá suben al coche y nos saludan. Les devuelvo el gesto.
Me giro al sentir la presencia imponente de mi hermano detrás de mí.
Fuerzo una sonrisa, jugueteo nerviosa con los dedos y, mirándolo a la cara, murmuro:
—Hola, hermano mayor.







