La noche siguiente, unos pasos apresurados resonaron frente a la sala de reposo.
Cerré los ojos, inspiré hondo y aferré con fuerza la manta que me cubría: al final habían venido tras de mí.
La cortina del cubículo se alzó de golpe. El Alfa Nate irrumpió primero; al verme tendida en la cama, se quedó lívido, incapaz de disimular el pánico que le inundaba la mirada.
—¡Diana! —la voz le temblaba mientras se acercaba a grandes zancadas—. ¿Cómo pudiste ser tan impulsiva? Lo entendiste todo mal, yo te