Conectados.
El despacho olía a tabaco y ron añejo.
Anya se secó las lágrimas con el dorso de la manga del vestido, sin elegancia alguna. No le importaba. Tampoco le importaba que Edward siguiera parado ahí, con la mirada perdida y el cuerpo tambaleante. Parecía más delgado y deprimido. Como si se hubiera desvanecido lentamente y ella no lo hubiera notado.
—Este lugar apesta demasiado. —Murmuró mientras abría las cortinas sin permiso. La luz del sol entró sin previo aviso, iluminando el suelo y todo el luga