Ni campanas sonando, ni un gran vestido de novia o muchos invitados. Ninguna de esas cosas típicas de boda estoy teniendo, hoy, el día de mi matrimonio con Caleb. Esto era lo que era, un acuerdo fríamente calculado y por el cual cedía ante sus deseos.
Para tal ocasión especial, no contábamos con muchos testigos. Estábamos en una villa en medio del campo al cual a mi pobre carrito le costó media vida para traerme hasta acá. Una fantasía de lugar, que terminó siendo la casa de la señora Margot.
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