Ni campanas sonando, ni un gran vestido de novia o muchos invitados. Ninguna de esas cosas típicas de boda estoy teniendo, hoy, el día de mi matrimonio con Caleb. Esto era lo que era, un acuerdo fríamente calculado y por el cual cedía ante sus deseos.
Para tal ocasión especial, no contábamos con muchos testigos. Estábamos en una villa en medio del campo al cual a mi pobre carrito le costó media vida para traerme hasta acá. Una fantasía de lugar, que terminó siendo la casa de la señora Margot.
Henos aquí entonces en esta oficina, con el juez que nos casará, el abogado que los representa, Margot, Caleb y yo. Los futuros esposos a la fuerza, están sentados el uno al lado del otro. El resto de pie.
—Puedes firmar aquí Vivienne — me indica el juez, un hombre mayor y canoso.
—Sí… — tomo el papel y el bolígrafo para firmar.
Mientras lo hago hace tanto silencio que, si un clavo cae al suelo, estoy segura de que lo escucharemos. Margot tiene cara de que algo le huele mal, el abogado está estri