A las cinco de la madrugada, Dylan se despertó de golpe, con la urgencia de ver a María. Caminó hasta el cuarto de visitas y, con la mano en el pomo, dudó. María acababa de perder al bebé; él creía que ella todavía no sabía que le habían retirado el útero, que ya no podría ser mamá. “¿Y si se entera…?”. Al instante se tranquilizó: incluso si María no podía tener hijos, quedaría el bebé de Emilia y de él. María era tan buena que, sin duda, lo querría como propio.
Empujó la puerta.
—Mari, ¿te sien