Dylan se quedó quieto, sorprendido, mirando a María.
—Mari…
Ella le sostuvo la mirada, serena.
—Dylan, antes creí que tú y yo éramos una sola cosa: que sin ti yo no podía vivir, y sin mí tú tampoco.
—Me equivoqué —dijo, con una sonrisa leve, con un alivio que le suavizaba el rostro—. Siempre fuimos dos. Tú eres tú y yo soy yo. Nadie es imprescindible para nadie, y nadie se muere porque el otro se vaya.
—Esta comida la invito yo. Al terminar, regresa, por favor.
Se puso de pie y fue a pagar.
Al s