Emilia iba con las manos y los pies atados, y amordazada, en el asiento trasero. Al darse cuenta de adónde se dirigía la camioneta, empezó a forcejear con desesperación; los ojos se le llenaron de terror.
—¡Mmm! ¡Mmm! —sus quejidos se ahogaban contra la mordaza.
“Dylan se volvió loco. Quiere matarme.”
Dylan oyó el alboroto y comprendió que ella ya sabía adónde iban. No se inmutó. La dejó patalear.
Cuando llegaron, un hombre los esperaba; al ver a Dylan, dudó.
—Jefe, la lancha está lista. ¿De ver