No me pidas que te ame.
Abrazado a ella se encontraba, recorriendo con sus dedos la delgada espalda, sintiendo entre sus yemas un cosquilleo por la suavidad de su piel.
Su mirada estaba puesta en el techo, y sus pensamientos perdidos en muchas cosas.
No sentía remordimientos, ni se arrepentía de nada, ni siquiera cuando pensaba en Lina. Se sentía muy bien, demasiado bien en los brazos de esa chiquilla, la cual, cada día lo volvía más adicto.
Probarla había sido como probar una droga, una droga que, si se aferraba a