Dulcinea esbozó una sonrisa, pero era una sonrisa distante, casi resignada.
—Tienes razón. Nadie está obligado a esperar a nadie, Luis —dijo con suavidad—. No estoy molesta, ni celosa... Debería felicitarte. Tu novia es joven y muy hermosa.
Bajo la luz, el rostro de Luis permanecía inexpresivo: —Gracias.
La tensión entre ellos era palpable, y parecía que la conversación no terminaría en buenos términos. Dulcinea se dio cuenta de que su presencia ya no era apropiada; aunque esa casa alguna vez fu