Después de un rato, respondió con voz apenas audible:
—¿Dónde?
Don Marlon soltó una ligera risa:
—En mi casa. Las cuestiones familiares no me gusta tratarlas en la oficina. Demasiadas bocas y oídos... no es bueno.
Luis colgó el teléfono.
Bajó la cabeza y cubrió su rostro con las manos. Miró a Catalina y preguntó:
—¿He perdido todo, verdad?
Catalina tardó en responder.
Luis se recostó en la silla de cuero, mirando a Catalina dijo:
—Todos están pendientes de Marlon. ¿Quién se atrevería a apoyarme