Luis no hizo nada más.
Su corbata ataba las muñecas de Dulcinea. Ella, atrapada en sus brazos, no podía moverse. No podía llamar a nadie, porque él le había desabrochado parte del vestido.
Él se inclinó sobre ella, sus ojos oscuros brillando ligeramente bajo la luz de la luna.
Después de un largo rato, lentamente se acercó más a ella.
Era alto y musculoso.
Dulcinea, en cambio, era delgada y pequeña. Luis se apoyó en su hombro, mostrando una vulnerabilidad rara en él, una vulnerabilidad nacida de