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Dulcinea terminó de leer en silencio.
Sabía que Luis había puesto empeño en este regalo y que la carta expresaba sus verdaderos sentimientos, pero ella no podía aceptarlo.
Guardó la pintura en el almacén y tiró la tarjeta a la basura.
En ese momento, alguien llamó a la puerta. Su secretaria entró y dijo:
—Jefa, una cliente compró cinco de las pinturas más caras. Firmó un cheque por 40 millones de dólares. Quiere verla.
—De acuerdo —Dulcinea se levantó—, voy para allá.
Siguió a su secretaria