Leonardo, siendo tan pequeño, no entendía los problemas de los adultos. Al ver a su padre, sonrió mostrando sus pequeños dientes de leche y extendió sus bracitos para abrazar el cuello de Luis, diciendo dulcemente:
—Sí, te extrañé.
Luis sintió un nudo en la garganta. Acercó su frente a la de Leonardo y murmuró:
—Mi pequeño tesoro.
Con una mano cargaba el carrito de juguete y con la otra sostenía a su hijo mientras caminaba hacia la pequeña casa de dos pisos. Después de unos pasos, volteó hacia D