Ella llegó a dudar si tomaba algún tipo de estimulante, porque ningún hombre normal tenía esa resistencia.
Sylvia no podía detener a Luis.
Solo podía desquitarse con las sirvientas, pero ellas eran muy astutas, ya habían olido el peligro y se escondieron todas.
Sin saber dónde descargar su ira, Sylvia subió al dormitorio principal del segundo piso, sacó toda la ropa de Luis y la tiró al suelo, luego tomó unas tijeras y comenzó a destrozar esas costosas prendas.
Mientras cortaba, rompió a llorar