Catalina lo miró:
—Señor Fernández, ¿qué quiere?
Luis la miró intensamente. Después de un momento, dejó los cubiertos y se limpió los labios con una servilleta. Sacó su teléfono del bolsillo y marcó un número, luego se lo pasó a Catalina:
—Creo que después de esta llamada, recordarás… dónde está Dulcinea.
Catalina, con manos temblorosas, tomó el teléfono.
—¡Mamá, estamos recogiendo conchas en la playa!
—El señor Fernández envió gente para que nos trajera a divertirnos.
—Nos compraron flotadores