Clara lo interrumpió con sarcasmo:
—¡Ella es su querida!
Sin más discusión, Clara se levantó de golpe y se fue, llevándose la taza de café con huevo.
Pensó que, de haberlo sabido, no se lo habría dado a comer, no valía la pena darle nada a un ingrato…
Pero aún tenía que hacer la maleta.
Clara pasó por el dormitorio, tratando de no hacer ruido para no despertar a la señora.
Pero Dulcinea estaba despierta.
Clara, nerviosa, murmuró:
—El señor me pidió que arreglara el vestidor.
Dulcinea sonrió sere