Luis atrapó su mano.
Pero Dulcinea se la soltó.
Salió apresurada, sin una pizca de duda, sin derramar una sola lágrima por él. Un hombre que la traicionó y le fue infiel no merecía ni una de sus lágrimas.
Se fue sin más.
Caminaba por el pasillo, sintiendo el frío en todo su cuerpo, apretando su abrigo contra sí misma…
Detrás de ella, la voz desgarradora de Luis resonó:
—¡Dulcinea!
Dulcinea se dio la vuelta y lo miró fijamente, susurrando:
—¡No te acerques!
—Luis… ¡No te acerques!
—¿De verdad cre