Clara se alarmó:
—¿Señora, a dónde va a esta hora?
Dulcinea bajó la cabeza, sus largas pestañas temblaban. Después de un momento, forzó una leve sonrisa:
—Esto está a punto de terminar, pronto seré libre.
Clara no entendió sus palabras.
Pero sabía que ahora la señora tenía determinación, como lo demostró cuando se atrevió a hacer que amputaran la pierna y el útero de esa mujer. Clara la admiraba, recordaba que antes Dulcinea ni siquiera podía matar a una gallina.
Clara llamó al chofer y ayudó a