Luis jugueteaba con el amuleto de jade.
—¿Tu hija se llama Alegría? —preguntó con frialdad.
Jimena asintió y luego suplicó:
—Señor Fernández, acordamos que después de que me casara con Leandro, nuestro trato terminaría… No deberíamos volver a vernos.
Luis levantó la mirada, sus ojos oscuros la observaban.
Jimena temblaba de pies a cabeza.
Luis, con expresión fría, dijo:
—Sí, pero también te dije que mantuvieras a tu esposo controlado, que no anduviera por ahí.
Jimena de repente entendió.
Fijó la