Luis lo tranquilizó y luego, mirando hacia abajo, preguntó:
—Dulcinea, en tu corazón, ¿qué somos?
—Prisioneros.
La voz de Dulcinea era tenue:
—Luis, no soy tu amada, solo soy tu prisionera.
Otra ráfaga de viento nocturno sopló,
Luis se estremeció, sintiendo un frío en la espalda.
…
Esa noche, durmió en el estudio.
Tuvo un sueño.
Soñó que Dulcinea se iba, llevándose a Leonardo y todas las bufandas y suéteres que le había tejido… El dormitorio estaba vacío, solo un velo flotaba suavemente.
—¡Dulci