Al colgar, Mario regresó a la casa.
Ana ya estaba despierta, preparando el desayuno en la cocina.
Llevaba ropa ligera de casa, con el cabello largo recogido de forma casual, dejando al descubierto su cuello blanco y delgado, suavemente hermoso bajo la luz de la mañana.
Mario la abrazó desde atrás y le besó el cuello.
—Hay un asunto urgente y no hay tiempo para desayunar. Te dejé la tarjeta y la dirección del apartamento. Si tienes tiempo, ve a verlo. En un par de días te ayudaré a mudarte.
Ana a