La noche era cálida, y su voz aún más seductora:
—Cariño, es muy difícil complacerte.
Ana no dijo nada más.
Simplemente se recostó en la almohada, escuchando su respiración suave y tranquila, sin hacer ni decir nada, solo dejando pasar el tiempo y la vida…
Pero si hay alguien dispuesto a acompañarte así, no es una pérdida de tiempo.
Más tarde, Ana se quedó dormida.
Mientras tanto, Mario se sentó en el estudio, observando la oscuridad afuera. Sabía que Ana estaba dolida, porque la había echado si