La mirada de Mario era profunda. Sin ejercer más presión sobre ella, la atrajo suavemente hacia su abrazo, envolviéndola con fuerza. En ese abrazo, su mundo se impregnó del cálido aroma del hombre al que pertenecía.
Finalmente, la consoló con delicadeza y preguntó:
—Ana, ¿podría cortejarte de nuevo? ¿Podría continuar hasta que estés lista para regresar, lista para ser mi esposa una vez más?
…
Mario, Eulogio y los dos niños, junto con los empleados domésticos, habían notado la recuperación de la