En ese instante, Ana lloró. Ella estaba en sus brazos, apoyada en su hombro, su rostro delicado y pálido contra su abrigo negro, luciendo frágil y precioso…
Él tenía su cintura en sus manos.
La delicadeza de una mujer, pegada a la virilidad de un hombre, se enroscaba como enredadera.
Sus lágrimas mojaron la camisa alrededor de su cuello, era incómodo y caluroso, pero en ese momento no le importaba. Solo quería abrazarla con fuerza.
Hacía tanto tiempo que no se abrazaban así.
Hacía demasiado tiem