Ana respondió en voz baja:
—¿Qué esperabas que te preguntara?
Mario la atrajo hacia sí, con un agarre firme que rozaba lo doloroso:
—¡Deberías haber preguntado por qué no entré!
—¿Por qué no entraste? —inquirió Ana, mecánicamente.
Sin esperar respuesta, prosiguió:
—Mario, antes no eras así de complicado. Tienes la libertad de ir o no ir... No puedo pasar mi tiempo preocupándome constantemente por tus emociones, adivinando si te molestarás o estallarás en cualquier momento. Si fuera así, ambos es