A su lado, el mayordomo le preguntó con respeto:
—Señor Lewis, ¿debo llevarlo adentro?
«Llevarlo adentro…»
Esas palabras activaron algo en la mente de Mario.
Se rio de sí mismo.
—No, gracias.
Y luego, impulsó la silla de ruedas, alejándose apresuradamente.
Se alejó muy rápido. Nunca se había sentido tan avergonzado, nunca se había sentido tan patético, como un bufón, como un perro abandonado… ¿cómo pudo pensar en sorprenderla, mostrarse como una persona normal en la fiesta?
Qué ridículo.
¿Cómo p