Y se disculpó sinceramente por haber roto su promesa; se había enamorado de esa chica.
Sosteniendo los documentos entre sus manos, Ana irradiaba encanto y emoción:
—¡Víctor, estos documentos son de suma importancia para mí! El destino se encargará del resto.
—Sí, todo está en manos del destino —respondió Víctor con una débil sonrisa, aunque un rastro de amargura se asomaba en sus labios. Sin añadir nada más, después de la cena, la acompañó de vuelta al estacionamiento.
Ana llevaba puestos unos e