La puerta se cerró con un golpe, dejándolos a solas en un espacio que se sentía cada vez más claustrofóbico, donde cada respiración parecía invadir el espacio personal del otro.
Lo doloroso era que Ana estaba a su lado, pero ya no le pertenecía.
Mario bajó la ventanilla a la mitad y miró hacia afuera, su expresión serena y casi dulce:
—¿Los niños? ¿Por qué no los trajiste? Enrique ya debe tener dos años, ¿no es así?
Aunque estaba preparada, en ese momento, los ojos de Ana se llenaron de lágrimas