Aunque el gesto fue sutil, reflejaba la determinación de un hombre.
Ana, instintivamente, alzó la vista. En ese instante, ambos se perdieron en la profundidad del otro… Sus miradas se entrelazaron, evocando noches de pasión desenfrenada. Los recuerdos, más allá del dolor, parecían anclarse en esos instantes de intimidad. Ana esbozó una sonrisa melancólica y, con un suave esfuerzo por soltarse, su voz se tornó aún más suave:
—Mario…
Él, fijando su mirada en ella, también en voz baja, confesó:
—Sé