Mario levantó ligeramente la cabeza, luchando por controlar sus emociones. Luego, tomó suavemente la mano de su abuela y dijo con una voz suave y afectuosa: —Yo soy Eulogio... He vuelto...
—¡Eulogio ha vuelto!
La abuela giró la cabeza hacia él. No podía discernir si era el verdadero Eulogio o no, pero los rasgos le recordaban a Eulogio, al niño que había criado. Sin fuerzas y con apenas un débil latir en su pecho, ya no podía llamar ese nombre. Miraba a su Eulogio, con una sonrisa de paz y tranq