En la oscuridad de la noche, Mario regresó a la habitación.
La habitación estaba tenue y Ana respiraba suavemente, aparentemente dormida.
Mario se quitó la ropa y se acostó detrás de ella, acercando su rostro al cálido cuello de Ana.
Sin decir una palabra, empezó a acariciar su cuerpo delicadamente, con la clara intención de despertarla.
Después de un rato, la respiración de Ana se hizo más rápida.
Mario, sabiendo que estaba despierta, susurró suavemente al oído de Ana: —Dime que todavía me